BARCELONA, SPAIN - MARCH 09: Manolo Gonzalez, Head Coach of RCD Espanyol, looks on prior to the LaLiga EA Sports match between RCD Espanyol de Barcelona and Real Oviedo at RCDE Stadium on March 09, 2026 in Barcelona, Spain. (Photo by Judit Cartiel/Getty Images)

El Espanyol no pudo vencer al FC Barcelona en el Spotify Camp Nou (4-1) después de cometer errores defensivos y ya son 14 partidos sin conocer la victoria para los de Manolo González

No es un adiós a Manolo, ni mucho menos. A estas alturas de la temporada, no hay nadie mejor que él para sostener este equipo. Conoce la casa y la casa le conoce a él. Sin embargo, lo de ayer, una vez más, fue una actuación ridícula, de esas que exigen explicaciones a una afición que empieza a agotarse.

Si no fuera por la primera vuelta, donde los los pericos sumaron 34 puntos gracias a 10 victorias y 4 empates, hoy no estaríamos debatiendo su continuidad. Probablemente, Manolo ya no estaría. Pero la temporada no se divide en dos relatos independientes, aunque algunos se empeñen en verlo así. La liga es un trayecto de agosto a mayo, y en el fútbol, como en la vida, pesa más lo último que haces que lo primero.

Y lo último, en este 2026, es devastador: 9 derrotas y 5 empates. Ni una sola victoria. Cinco puntos de 42 posibles. Un balance insostenible. El Espanyol se ha desplomado sin frenos: de ser un equipo con aspiraciones europeas, ganando más de la mitad de sus partidos, ha pasado a no ganar ninguno en la segunda vuelta, duplicando su porcentaje de derrotas y convirtiéndose en uno de los equipos más frágiles, especialmente en defensa.

Duele, porque el equipo no es inerte. No es un conjunto que renuncie a jugar. Propone, lo intenta, pero se estrella una y otra vez contra la misma pared: la falta de gol y, sobre todo, la falta de convicción. Getafe, Mallorca, Oviedo, Elche, Valencia… partidos que estaban al alcance y que acaban escapándose. Siempre al borde, siempre cayendo.

Para mí, el problema es mental. No puedes verte en puestos europeos a mitad de temporada y seguir repitiendo que el objetivo es la salvación. Es un discurso conservador que termina por empequeñecer al equipo. Está bien no relajarse, pero ¿por qué no aspirar a más? ¿Por qué no pensar en grande? El fútbol está lleno de ejemplos de equipos que se atrevieron. No se trata de compararse con nadie, sino de creer en lo que tienes cuando lo tienes.

El Espanyol tenía argumentos para pelear por Conference, incluso por entrar en Europa League. Pero las dudas, la falta de ambición y el miedo a dar ese paso adelante han devuelto al equipo a una versión irreconocible. Y lo más preocupante es que los jugadores son los mismos. Lo que ha cambiado no está en los nombres, sino en la cabeza.

Las palabras de Manolo tras el partido tampoco ayudan. Decir que en el minuto 85 estaban “más cerca del Cementerio de Les Corts que del Camp Nou” no es solo una frase desafortunada, es el reflejo de una mentalidad. El equipo se mete en el partido en el 56’ con un golazo de Pol Lozano, y en lugar de ir a por el rival, se repliega. Renuncia. Y cuando intenta salir, lo hace sin convicción. El resultado es el mismo: derrota y sensación de inferioridad.

Porque si te van a caer cuatro, que sea por haberlo intentado. Que sea por ir hacia adelante, por asumir riesgos, por competir de verdad. Pero no puedes permitirte salir de un partido sin poder decir que fuiste a por él hasta el final. Cuando ves a un rival que gana duelos imposibles, incluso por arriba, entiendes la diferencia: unos creen, otros dudan.

La rueda de prensa posterior ya es un déjà vu constante: mismas explicaciones, mismos argumentos, mismas sensaciones. Y la afición ya no quiere más palabras, quiere respuestas. Respuestas claras, autocríticas y, sobre todo, convincentes.

Manolo ha dado mucho al Espanyol, y merece respeto. Estoy convencido de que tiene capacidad para revertir la situación. Pero algo tiene que cambiar. Quedan siete finales. La salvación está cerca, sí, pero no debería ser el techo. Nunca lo fue hace unos meses.

Vuelve a pensar en grande, Manolo. Devuelve al equipo esa identidad que le hizo competir sin complejos. Y sobre todo, ofrece explicaciones que no suenen a rutina, sino a propósito. Porque en el fútbol, cuando todo falla, el primero en caer casi siempre es el entrenador. Y aunque quizá el problema esté más arriba, ya sabes cómo funciona esto.

Rubén Alés